Por Alberto Juárez Espíndola
Una de esas tardes de junio, en las que uno sólo quiere descansar, comencé a leer Una carencia íntima de Millás. Cuando menos me di cuenta ya entablaba un diálogo con la almohada y le decía: yo también soy un poco especial, algo desinteresado y consigo lo que quiero sin invertir en ello grandes esfuerzos. Tengo la misma facilidad que el personaje principal, esa innata habilidad que me distancia de algunos y me vuelve incomprensible para otros. Tal vez el cuento hable un tanto sobre mi vida, sobre mis días de niño, de cuando me iba al supermercado a robar unos cuantos juguetes y absolutamente nadie me detenía, nada malo me ocurría. Así como el personaje, la única satisfacción era vulnerar las leyes a las que casi todos se someten.
Quiero dejar claro que mi habilidad no se restringe sólo a la de robar, a diferencia del personaje del cuento yo puedo obtener de las personas la disposición de hacer por mí alguna cosa. Incluso no es necesario que robe para tener algo material, pues con una sonrisa logro que me regalen lo que deseo. Algunas veces mi discurso convence, aunque mienta, y quien me oye se hipnotiza por el sonido de mis palabras, de mi voz. Unos cuantos me llaman egoísta, otros hipócrita y pocos dicen que soy un líder, cabrón e influyente. Es verdad, mi ego me delata, la sinceridad con la que hablo a veces suena falsa y me encanta hacer cosas por medio de otros. Pero ¿qué puedo hacer? Así soy, mi actitud me ha llevado a zonas de alto riesgo y he sufrido las consecuencias de mis acciones.
Creo que la mejor parte del cuento es cuando el personaje principal, quien a su vez es el narrador, se mete en un armario y logra entrar a la casa de una pareja infeliz. Permanece dentro del mueble mientras el matrimonio se encuentra en casa. Sólo sale cuando se van, come y hace el aseo. Por las noches escucha el enorme distanciamiento que existe entre los dos. La mujer es poco comprendida por su esposo, ella se conforma y él la escucha sin ponerle atención a sus palabras. El hombre, que sigue dentro del armario, permanece unos días en aquella morada, pues ya se acostumbró un tanto a ellos. La mujer ha notado cambios en su hogar y piensa que debe ser obra de un espíritu bienhechor. El marido la tira de a loca y no le presta atención. Él tiene que salir de viaje y la deja sola en casa, con el joven del armario. Es justo en ese momento que el autor logra el clímax, relatando la más hermosa escena de sexo que jamás haya leído.
Yo también he vivido esa escena de ensueño, sin dudarlo, puedo decir que fue cuando conocí a una chica de ojos juguetones y sonrisa mordelona. Empecé a tratarla y a hablarle. Poco a poco me gané su confianza y cariño. Un día la acompañé a su escuela, era viernes y creí que no la vería hasta dentro de dos días. Pero no soporté la noche y decidí ir por ella. En fin, obtuve un beso después de llevarla a casa, un beso tierno y sincero, de esos que no dicen mucho, pero que te dejan con ganas de más.
Estoy de acuerdo con el personaje del cuento, en cuanto a que una mujer se puede dejar hacer con una pasividad feroz sin oponer resistencia. Siento que lo entiendo cuando dice que se hundió en un abismo incomprensible, siniestro y salvador después de explorar el cuerpo de ella, después de invadirse de su olor, de su tacto, de su ternura y de sus jugos ¡Sí! Nuestros ojos tampoco alcanzaron a tocar lo que nuestras manos veían. También nuestros cuerpos formaron acoplamientos en los que su necesidad y la mía quedaron ensambladas para siempre, y cuando el deseo se debilitó, apareció el cariño. Lo más soberbio fue observar sus ojos después de haberle entregado mi alma, mi cuerpo, mis ganas de amarla en ese instante.
Me emberrinché con mi almohada, pues al parecer el personaje sólo piensa en los negocios, en el dinero y se olvida de vivir para él mismo. Después de haber narrado el momento cuando amó a aquella mujer, no se considera un filósofo, ni un escritor, ni un poeta. Sin embargo, se da cuenta de que amó y enamorado se quedó, pero tuvo que abandonar el armario y la casa cuando llegó el esposo de tan hermosa mujer. Para mí él tiene mucho de poeta, poco de escritor y nada de filósofo; ya que sólo piensa en construir una estatua de un armario para que ella reconozca el mensaje de que fue él quien la amó y comience a desear la muerte, como él lo hace.
Es muy romántico pasar un momento como él lo hizo, pero demasiado trágico seguir la vida sin la mujer que te ha transformado el carácter, dotándolo de matices nostálgicos. Es cierto, él ahora tiene familia y supongo que también una dama que lo quiere, pero no como él a ella. El destino unió a la mujer insatisfecha con el hombre aventurero en un instante, pero los separó cuando el esposo, el pasado, regresó. Y, aún así, creo que es demasiado empezar a desear la muerte antes de hacer cualquier cosa para volver a encontrar a aquella dama.
Una de esas tardes de junio, en las que uno sólo quiere descansar, comencé a leer Una carencia íntima de Millás. Cuando menos me di cuenta ya entablaba un diálogo con la almohada y le decía: yo también soy un poco especial, algo desinteresado y consigo lo que quiero sin invertir en ello grandes esfuerzos. Tengo la misma facilidad que el personaje principal, esa innata habilidad que me distancia de algunos y me vuelve incomprensible para otros. Tal vez el cuento hable un tanto sobre mi vida, sobre mis días de niño, de cuando me iba al supermercado a robar unos cuantos juguetes y absolutamente nadie me detenía, nada malo me ocurría. Así como el personaje, la única satisfacción era vulnerar las leyes a las que casi todos se someten.
Quiero dejar claro que mi habilidad no se restringe sólo a la de robar, a diferencia del personaje del cuento yo puedo obtener de las personas la disposición de hacer por mí alguna cosa. Incluso no es necesario que robe para tener algo material, pues con una sonrisa logro que me regalen lo que deseo. Algunas veces mi discurso convence, aunque mienta, y quien me oye se hipnotiza por el sonido de mis palabras, de mi voz. Unos cuantos me llaman egoísta, otros hipócrita y pocos dicen que soy un líder, cabrón e influyente. Es verdad, mi ego me delata, la sinceridad con la que hablo a veces suena falsa y me encanta hacer cosas por medio de otros. Pero ¿qué puedo hacer? Así soy, mi actitud me ha llevado a zonas de alto riesgo y he sufrido las consecuencias de mis acciones.
Creo que la mejor parte del cuento es cuando el personaje principal, quien a su vez es el narrador, se mete en un armario y logra entrar a la casa de una pareja infeliz. Permanece dentro del mueble mientras el matrimonio se encuentra en casa. Sólo sale cuando se van, come y hace el aseo. Por las noches escucha el enorme distanciamiento que existe entre los dos. La mujer es poco comprendida por su esposo, ella se conforma y él la escucha sin ponerle atención a sus palabras. El hombre, que sigue dentro del armario, permanece unos días en aquella morada, pues ya se acostumbró un tanto a ellos. La mujer ha notado cambios en su hogar y piensa que debe ser obra de un espíritu bienhechor. El marido la tira de a loca y no le presta atención. Él tiene que salir de viaje y la deja sola en casa, con el joven del armario. Es justo en ese momento que el autor logra el clímax, relatando la más hermosa escena de sexo que jamás haya leído.
Yo también he vivido esa escena de ensueño, sin dudarlo, puedo decir que fue cuando conocí a una chica de ojos juguetones y sonrisa mordelona. Empecé a tratarla y a hablarle. Poco a poco me gané su confianza y cariño. Un día la acompañé a su escuela, era viernes y creí que no la vería hasta dentro de dos días. Pero no soporté la noche y decidí ir por ella. En fin, obtuve un beso después de llevarla a casa, un beso tierno y sincero, de esos que no dicen mucho, pero que te dejan con ganas de más.
Estoy de acuerdo con el personaje del cuento, en cuanto a que una mujer se puede dejar hacer con una pasividad feroz sin oponer resistencia. Siento que lo entiendo cuando dice que se hundió en un abismo incomprensible, siniestro y salvador después de explorar el cuerpo de ella, después de invadirse de su olor, de su tacto, de su ternura y de sus jugos ¡Sí! Nuestros ojos tampoco alcanzaron a tocar lo que nuestras manos veían. También nuestros cuerpos formaron acoplamientos en los que su necesidad y la mía quedaron ensambladas para siempre, y cuando el deseo se debilitó, apareció el cariño. Lo más soberbio fue observar sus ojos después de haberle entregado mi alma, mi cuerpo, mis ganas de amarla en ese instante.
Me emberrinché con mi almohada, pues al parecer el personaje sólo piensa en los negocios, en el dinero y se olvida de vivir para él mismo. Después de haber narrado el momento cuando amó a aquella mujer, no se considera un filósofo, ni un escritor, ni un poeta. Sin embargo, se da cuenta de que amó y enamorado se quedó, pero tuvo que abandonar el armario y la casa cuando llegó el esposo de tan hermosa mujer. Para mí él tiene mucho de poeta, poco de escritor y nada de filósofo; ya que sólo piensa en construir una estatua de un armario para que ella reconozca el mensaje de que fue él quien la amó y comience a desear la muerte, como él lo hace.
Es muy romántico pasar un momento como él lo hizo, pero demasiado trágico seguir la vida sin la mujer que te ha transformado el carácter, dotándolo de matices nostálgicos. Es cierto, él ahora tiene familia y supongo que también una dama que lo quiere, pero no como él a ella. El destino unió a la mujer insatisfecha con el hombre aventurero en un instante, pero los separó cuando el esposo, el pasado, regresó. Y, aún así, creo que es demasiado empezar a desear la muerte antes de hacer cualquier cosa para volver a encontrar a aquella dama.
Y en mi sueño, si yo fuera el personaje hubiera desafiado al autor, trataría de exigirle comprensión. Le pediría me dotase de cierta felicidad, pues amé en un instante, conocí a una mujer tan increíble en circunstancias tan extrañas, la quise tanto en una noche… A veces la vida cabe en una hora y no es justo dejarse morir por miedo a tener que arriesgarse. Yo prefiero perderlo todo en un segundo, que vivir con nada eternamente. Ojalá ella también lo recuerde y sepa que la felicidad que le negó el autor se debe a simples circunstancias, se conocieron un poco tarde y los dos decidieron seguir con sus vidas. No hubieran podido soportar perder lo que tenían por tan sólo una noche de ensueño, la mejor noche de sus vidas. Los dos aceptaron las cosas así, ella no hizo preguntas, jamás encendió la luz para verle el rostro, lo dejó ir como el espíritu, el fantasma que ella creía que era.
Cierta ocasión alguien me dijo que palabra "gracias" no tenía un significado total y concreto, creo que así lo es, hay ocasiones en las que se debería inventar una palabra que expresa "eso" que sentimos, cuando un ser nos regala palabras tan intesas como esta vez lo has hecho. Me siento aludida y digo "nos regalas" porque cuando compartes un instante de tu vida, para ser exactos una hora, al menos yo me pierdo en el sabor, ternura, pasión y por qué no, hasta en lo intrépido de tus palabras...
ResponderEliminarPara mi espíritu no hay deleite más grande que aquél que las letras podrucen cuando son plasmadas por el alma misma...a manera de gratitud comparto contigo, además de una hermosa y renovada amistad, este texto de Sara Secfchovich, que hoy tiene un valor importante en mi vida:
"Miré a fondo tus ojos y sentí un amor por ellos que fue mi perdición...tú me enseñaste formas del amor que yo no sabía que existían...
La primera vez que entraste en mí, las cosas tomaron un ritmo lento, suave, tierno. Tus ojos me miraron todo el tiempo, mientras tus manos se deslizaban y se detenían por mi cuerpo y mientras tus dedos me tocaban despacio.
Fuiste buscando, conociendo, moviendo, midiendo, pesando y calculando todos mis tamaños, todas mis formas, todas mis temperaturas y mis texturas. Encontraste cada uno de mis rincones, explanadas, huecos, montes y cavernas. Me acariciaste el pelo, la cara, los senos, los codos, el ombligo, el lado derecho de la cintura, las axilas, los párpados y las cejas, el estómago y las uñas de los dedos de los pies. Y siempre tus ojos mirándome con esa fijeza, con esa intensidad que me hace soñarlos hasta el día de hoy.
Esa vez me hiciste el amor muy despacio. Yo sentía llegar el placer desde que me mirabas, desde que me tocabas con las yemas suaves de tus dedos. Y tú te diste cuenta muy pronto de ese poder que tenías sobre mí y me hiciste enloquecer una y otra vez, gritar, olvidarme del tiempo, del color de la luz y de la temperatura del mundo. Sólo eran en el reino de la creación tus dedos tan sabios y mis aguas. Sólo era ese placer intenso y delicado..."
Hay días en los que intento organizar mis recuerdos, los acomodo de tal forma que ninguno pese más que otro y sobrecargue mi mente. Tengo un lugar especifico para cada uno, así puedo traerlos a colación cuando se es necesario. Sí, lo sé, mi complejo de mujer "organizada" no me deja en paz, lucho contra ello todos los días, pero mi mente obstinada se aferra a la remembranza de ciertos acontecimientos, y ahí no hay cabida para el orden; simplemente cual intrusos, las imágenes, los sonidos y los olores llegan a mí para saciarme por un instante, aunque en seguida desaparezcan y me dejen con una alegría irreverente, o con una nostalgia inmensa... Si escribo todo esto es porque hace unos momentos un recuerdo inoportuno se apoderó de mi mente: Fue hace un par de meses, tú y yo recorríamos una callecita de Coyoacán, diversos temas de conversación se entretejían entre nosotros mientras caminábamos sin rumbo, de verdad no teníamos un destino, sólo sabíamos, al menos yo sí, que nos acercábamos a la realidad: los escapes no pueden ser eternos... Entre tanto agradecí las letras que días antes habías compartido conmigo, mismas que se encuentran en este espacio, te dije entre otras cosas que me habían "traumado" a lo que tú argumentaste: "Para eso escribo para que la gente se traume con mis letras". Honestamente no esperaba una mejor respuesta, tu seguridad y la improvisación que tienes al hablar son de tus mejores virtudes...si mal no recuerdo esa tarde además hablaste de diamantes y ladrones... en fin, semanas después, en otra de nuestras platicas en las que regía el equilibrio, te conté que en algún momento tuve cierta fascinación por la construcción de símbolos lingüísticos, pero que por alguna razón había declinado, fue ese el pretexto ideal para pedirte POR FAVOR que tú nunca olvidarás esta forma de catarsis que las letras conceden...Estoy segura que hoy en tu vida hay muchos alicientes para que deleites a los espíritus inquietos de leerte. Por lo menos yo espero impaciente tu regreso...Saludos
ResponderEliminarSiempre se sentaba a mirarlo, nunca lo podía hacer de frente porque se sentía descubierta y aunque pedía que él también la viera, no sabía si eso podría ser posible...
ResponderEliminarNo puedo alardear acerca de mis palabras, mis letras o pensamientos,lo que si puedo decir es que sabes muy bien sobre la inspiración.
Nunca trates de atrapar a la mariposa ¿recuerdas? ella siempre volvera a ti, sin pedirlo e incluso sin desearlo. El espiritu era más parecido a la mariposa de lo que crees, así, libres, eso es lo que los hacía ser tan ellos, juntos.
Un disco de jazz y una dedicatoria en la portada, fue lo unico que quedo, a veces creo que es como la estatua, solo que ésta transformada en música, claro para mí convertida en poemas para los oídos.
Siempre pienso en cada instante, ese que alguna vez me enseñaste a tocar, sentir, vivir, amar, ese que nunca quise ver, no con la vista, tal vez, pero juro que el resto de mis sentidos estaban ahí, nunca hizo falta el ausente.
Sabes que comparto el sentimiento por este instante tanto como tú, y me atrevo a decir que igual.
Ahora te compartire lo que algún día no salió por completo del armario...
El corazón latía más fuerte de lo normal pero nada se comparaba con la velocidad de la adrenalina corriendo por todo el cuerpo; cuerpo que temblaba sin control, nunca había sentido algo igual, fue el extasis de la pasión, de un amor sincero, incomprensible pero puro.
La combinación del deseo, el detente y el sigue al mismo tiempo me tenía totalmente extasiada, los olores eran tan particulares que quería conservarlos en un frasco, hacerlos un perfume; mi piel parecía tener vida propia captaba cada gota de sudor que se mezclaba, haciendolo completamente suyo; el tacto sintió tanto como vio, cada poro, cada respiración, cada mirada; así de simple los sentidos se volvieron uno y nosotros un sentido...
Sabes que tiene un continuara, pero todo a su tiempo, recuerda las mariposas deben emigrar de vez en cuando, pero nunca olvidan y ésta siempre lleva colgada una llave...
Y un día el también la miró...