Por Alberto Juárez Espíndola
Cuando era pequeño tenía la ilusión de escribir una gran historia. Una en la que la realidad se volviera un sueño, para atrapar cada momento y volverlo eterno.
Tuve hambre de conocer el mundo, de vivir y amar a cada instante. Ignoré que a pesar de haber estado rodeado de gente, siempre estuve solo. Nunca encontré unos brazos que confortaran mi dolor.
Crecí y con el tiempo fui cediendo. Di mi alma entera por un amor que ya se había ido y con él se fueron todos mis motivos. Escribir no era sencillo.
Tatué mi cuerpo, mi mente y corazón tratando de hacer mía su esencia. Escribí varios poemas y hasta una canción, pero jamás se dignó a besarme o a mirarme con compasión.
Me dejó jugando con palabras, encerrado, en la oscuridad de una enorme habitación. Abrí los ojos pero no la vi, extendí los brazos y moví las manos, pero no la hallé.
Su cuerpo etéreo se esfumó, dejando tristeza alrededor. Desde entonces cada mañana me levanto deseando poder encontrarla, salgo y corro hasta la cima de la montaña. Alzo la mirada y espero.
Cuando el mundo es mío y sólo yo puedo observar la tierra entre las plantas, las flores y las manzanas; el viento azota mis entrañas, se lleva la niebla y una vez más la puedo ver al despuntar el alba.
Cuando era pequeño tenía la ilusión de escribir una gran historia. Una en la que la realidad se volviera un sueño, para atrapar cada momento y volverlo eterno.
Tuve hambre de conocer el mundo, de vivir y amar a cada instante. Ignoré que a pesar de haber estado rodeado de gente, siempre estuve solo. Nunca encontré unos brazos que confortaran mi dolor.
Crecí y con el tiempo fui cediendo. Di mi alma entera por un amor que ya se había ido y con él se fueron todos mis motivos. Escribir no era sencillo.
Tatué mi cuerpo, mi mente y corazón tratando de hacer mía su esencia. Escribí varios poemas y hasta una canción, pero jamás se dignó a besarme o a mirarme con compasión.
Me dejó jugando con palabras, encerrado, en la oscuridad de una enorme habitación. Abrí los ojos pero no la vi, extendí los brazos y moví las manos, pero no la hallé.
Su cuerpo etéreo se esfumó, dejando tristeza alrededor. Desde entonces cada mañana me levanto deseando poder encontrarla, salgo y corro hasta la cima de la montaña. Alzo la mirada y espero.
Cuando el mundo es mío y sólo yo puedo observar la tierra entre las plantas, las flores y las manzanas; el viento azota mis entrañas, se lleva la niebla y una vez más la puedo ver al despuntar el alba.
Amigo Beto, ella esta ahi, cuando respiras, caminas, todas las mañanas y velando tus sueños, cierra los ojos, siente sus caricias, aun tienes mucho que dar. PD. Te leo
ResponderEliminarCon mucho Cariño: Mistery girl